«el programa de vida cristiana no es un compromiso mediocre entre opuestos, sino una unión de bienes llevados a su plenitud (incluso sobrehumana) por la gracia de Dios»

A veces parece que la justicia y la misericordia, o la prudencia y la valentía, o la oración y la acción social, se contrapusieran.

No es poco común ver quienes defienden una, señalando los peligros del exceso de la otra. Y a veces se arman peleas sobre quién es más católico por defender la suya.

La respuesta está en el Evangelio: hay que hacer esto sin descuidar aquello (Lc 11,42). Dios es infinitamente justo e infinitamente misericordioso. Un justo inmisericorde se convierte en tirano, un misericordioso a ultranza se parece más a un abuelito irresponsable que a un verdadero Padre. El opuesto de la prudencia se llama imprudencia; el de la valentía, cobardía.

Y es que el programa de vida cristiana no es un compromiso mediocre entre opuestos, sino una unión de bienes llevados a su plenitud (incluso sobrehumana) por la gracia de Dios. No se quitan espacio uno y otro: se sostienen mutuamente, como las dos aguas de un techo, para alcanzar altura sobrenatural.

Es algo que el mundo no entiende (a veces, nosotros tampoco), y que sólo logra el que se deja ayudar por el Señor, a través de los sacramentos y la vida espiritual.

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